Fraternidad


La Fraternidad es una forma de amor y nada hay – emocionalmente hablando – nada mas peligrosos que el amor. Como dice Konrad Lorenz en sus trabajos de etología “el amor es el producto mas maravillosos de 10.000.000 de años de evolución” pero al mismo tiempo no puede darse amor sin sus componentes de frustración, ira y agresión. Todos sabemos seguramente por experiencia personal directa o indirecta que precisamente es en el ámbito de la intimidad de la familia donde más fácilmente podemos hacernos reír y sentir calor humano pero también dolor y furia.

Si esto puede decirse de toda clase de amores: de pareja, paterno o materno, filial o amical quizá podamos fácilmente comprender que en el amor que nace del compromiso masónico exista también ese lado oscuro.

El amor maduro es el que reconoce también sus sombras, así dicela psicoterapeuta Jane GOLDBERG en su excelente libro “El lado oscuro del Amor”: “ Odio y Amor no son en realidad tan diferentes. De hecho tiene entre sí muchas mas cosas en común que diferencias.

Odiamos cuando algo nos importa y cuando lo deseamos; lo mismo sucede cuando amamos.

El odio es un proceso activo que implica participación activa; lo mismo sucede con el amor. El odio como el amor. surge de un impulso inconsciente relacionado con la autoconservación.

El odio canalizado constructivamente está junto al amor”.La fraternidad humana implica de un lado la consideración de la radical igualdad del genoma humano, que no es sino una y universal especie desde los esquimales a los tuaregs, desde los indios del altiplano a los pastores de los “highlands”.

Esta proclamación se opone a la de aquellos que rompen la “catolicidad” de lo humano, herederos de Bonald, de Maistre, o del pre-romántico Herder, que rechazan esa unidad, reconociendo mas bien una diversidad de “humanidades” que se manifiestan en razas, idiomas, y mundos simbólicos diferenciados y en última instancia incomunicables.

Desde esta perspectiva, etnológica, casi zoológica, no cabe una palabra que pueda dirigirse “urbi et orbi” a todos los hombres; no hay sencillamente hombres sino manifestaciones más o menos individuales de una u otra variedad de etnia ó cultura.

Esa proclamación de fraternidad, va aún mas allá; también supone un reconocimiento de nuestra radical orfandad. Es el rechazo de todo paternalismo o maternalismo de clan, iglesia, partido ó Estado. La fraternidad es una relación bilateral y mutua, en la que pueden caber diferencias de experiencia, mérito ó capacidad, pero no hay diferencia que afecte a la relación misma, como es el caso del salto ontológico de la filiación a la paternidad/maternidad. No cabe por lo tanto ningún tratamiento de “pater” ó “mater” en el ámbito de lo espiritual, de lo político y de lo civil que configure una insalvable jerarquía, por causa de predominio paterno/materno.

La proclamación de la fraternidad es por lo tanto consecuencia última del mismo impulso emancipador de la Ilustración, del sapere aude kantiano y su reivindicación de la mayoría de edad del hombre, en definitiva esa mayoría de edad nos ha de llevar en un momento de nuestro propio crecimiento a hacernos ‘hermanos’ de nuestro propios padres biológicos. La aceptación de esa fraternidad implica sentimientos pero no ningún claudicante sentimentalismo, sino que es una idea programática tan eficiente como sus compañeras trinitarias, cuajada como ellas de consecuencias.

En palabras de Alain Finkielkraut : “…por mucho que desde este momento seamos – ¡ y con qué ardor ¡ – demócratas, antinazis, antitotalitarios, antifascistas, y antiapartheid, no hemos aprendido a desconfiar de la sonrisa beatífica de la fraternidad”. Esa fraternidad no desconoce lo ambiguo del amor fraterno, lo que tiene de imposición, ni va necesariamente acompañada de música celestial. La fraternidad no se basa en un afecto electivo, hecho de afinidades y simpatías coincidentes sino que es una condición que nos viene dada como algo ajeno a nuestra voluntad, como el vínculo que nos une a nuestros coetáneos, de los que tantas cosas nos separan y tantas otras nos unen por la simple condición de compartir la misma generación o el mismo tiempo histórico.

Desconfiar de “la sonrisa beatífica de la fraternidad” es entenderla en su verdadero sentido y reconocer también su aspecto bronco y conflictivo, es entenderla y asumirla con su sombra y sus antinomias. Con su calor femenino y su fuerza masculina. Dicho con otras palabras, la idea de fraternidad es precisamente mas necesaria allá donde no es espontánea, allá donde no nace del difuso amor a la etnia, a la tribu, a la clase social, a la comunidad lingüística.

Lo sencillo para un serbio es entender la fraternidad con los serbios, pero no con los croatas, para un israelí lo fácil era asumir la fraternidad entre los israelíes, pero no con los palestinos y así sucesivamente. Esta fraternidad nos ha de llevar a rehuir el reduccionismo de ser simplemente serbio, o croata, tirio o troyano, a quedar reducido a los límites de nuestra tribu, grande o pequeña.

Esta idea se conforma mejor con la conciencia critica de este final de milenio, incompatible con cualquier humanismo edulcorado que desconozca las complejas pulsiones del corazón humano. Una mayor consciencia y un conocimiento mas profundo de esa interioridad cordial, no son incompatibles con el valor programático de la fraternidad, al contrario; también en este punto la responsabilidad del hombre de hoy, con todo lo que sabe sobre brutalidad y estupidez humana, le exige hacerse cargo de la totalidad de la realidad, contemplada desde sus cuatro costados. Tampoco cabe en esta fraternidad un “humanismo de la incompatibilidad” que rompe la totalidad de lo humano, en trincheras enfrentadas conformando una duplicidad de éticas:

amigo/enemigo,ario/semita,judío/gentil,proletario/burgués,nacional/extranjero…;

la generosidad, el altruismo, el sacrificio cabe, desde este punto de vista, sólo dentro del circulo de los “nuestros” y nunca con “ellos” .Este falso humanismo antagónico está en el fondo de los sangrientos enfrentamientos que han jalonado este siglo XX: las dos grandes guerras, el holocausto judío, las purgas comunistas, el Gulag, el bombardeo de poblaciones civiles cada vez mas cruento: Gernika, Coventry, Londres, Dresde, Hiroshima; los exterminios masivos programados por los khemeres rojos de Pol-Pot, los genocidios armenio y kurdo, las matanzas étnicas entre croatas, bosniso y serbios…

Esa fraternidad responsable debe fundarse, no en un ciego humanismo de la “compatibilidad”, ni en el falso y homicida humanismo de la “incompatibilidad”, sino en una alternativa dialécticamente superior, en un humanismo consciente, un humanismo del “conflicto”; el reconocimiento del conflicto fraterno no rompe la fraternidad, el reconocimiento de la discordia es el reconocimiento de la misma sociabilidad; la diversidad y la competencia caben sin tener que llegar por ello a los campos de concentración, como dice Alain Finkielkraut, , “…la humanidad deja de ser humana desde el momento en que no hay lugar para la figura de enemigo en la idea que ella se forja de sí misma y de su destino. Lo que significa, por el contrario, que el angelismo no es un humanismo, que la discordia, lejos de ser un error o un arcaísmo de la sociabilidad es nuestro bien político mas preciado, y que la excelencia de la democracia, su superioridad sobre todas las demás formas de la coexistencia humana reside precisamente en el hecho de haber institucionalizado el conflicto inscribiéndolo en el principio mismo de su funcionamiento”.

La fraternidad que nos propone el abertzal-socialismo a los vascos es precisamente esa fraternidad de la exclusión, la de las unanimidades patrioticas y las adhesiones inquebrantables, es una fraternidad en la que no cabe la discordia porque esta se paga con el asesinato, es el momento – hace tiempo que lo es – de poner en claro ante nosotros mismos si ese camino es lo único que podemos esperar, si es eso lo que nos merecemos y actuar sinceramente en consecuencia. (1996)

Escrito: Javier Otaola

Acerca de La Piedra Bruta

La Piedra Bruta en sí es aquella que es recogida directamente de la tierra, por lo que de modo natural, cada una posee las formas más diversas fruto de la acción de las fuerzas de la Naturaleza. En general, se puede decir que una piedra bruta, al no tener una forma definida, al estar llena de impurezas e imperfecciones, no tiene un propósito definido, por lo que su utilidad es mínima. No obstante, contiene en sí toda la potencialidad de una obra de arte, la potencialidad de la trascendencia. Es por ello que se escogen determinadas piedras brutas para la construcción, por la potencialidad que se ve en ellas.
Esta entrada fue publicada en Docencia Masónica y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s