El Hospitalario


Esta función existe en todos los ritos y en todos los grados. El Hospitalario lleva a veces el nombre de “limosnero”. Es el encargado de recoger y de distribuir las “limosnas”, de ir a visitar a los hermanos enfermos, de apoyar a los que están en dificultades, de inquirir y velar por la buena situación de las viudas y huérfanos de los hermanos, de averiguar por los motivos de las ausencias que no han sido justificadas, ya que pueden tener que ver con sus competencias. Él es el “corazón” de la Logia.

La existencia de este oficial se remonta a la antigua masonería operativa. Existe actualmente en el “compagnonnage”. Al igual que el Tesorero, el Hospitalario no se encuentra entre los siete oficiales indispensables para que la Logia sea “justa y perfecta”. El rito Emulación lo considera como “facultativo, pero prácticamente obligatorio”.

El Hospitalario se sienta generalmente al pie del Oriente, cerca del Secretario y sobre la Columna del Septentrión. En el plano simbólico, es “Jesed”, la gracia, en el árbol de las sefirot y la tierra “nutriente” en el sistema cósmico. La joya del Hospitalario es una “alcancía para la limosna con un corazón en el centro” o bien una simple bolsa.

El Hospitalario administra una caja autónoma que se llama el Tronco de la Viuda. Los Francmasones, haciendo referencia a Hiram el arquitecto, son “los hijos de la viuda”. Hiram fue hijo de una viuda, tal como se indica en el libro de “Reyes” y también en el libro de las “Crónicas” del Antiguo Testamento. Horus también nació de una viuda, Isis, según narra la leyenda egipcia de Osiris. Es interesante analizar estos mitos cuyos héroes crecen sin tener que confrontarse con la imagen del padre…

El Hospitalario efectúa lo esencial de su trabajo por fuera de las reuniones. Se requiere entonces que esté muy disponible. Además, sus cualidades esenciales son el amor y la entrega. Debemos señalar que hay que insistir en esas palabras. Con demasiada frecuencia el hospitalario se limita a administrar el tronco que le es confiado haciendo donaciones y préstamos con la autorización del Venerable. Los destinatarios de esas donaciones y préstamos son asociaciones, hermanos y viudas. Eso está bien pero no es suficiente. Además, el hospitalario debe preocuparse por las ausencias, independientemente de que se hayan presentado o no excusas, y se pone en contacto con los hermanos ausentes con el fin de averiguar exactamente lo que les ocurre. Eso está bien también y es necesario; pero tampoco es suficiente.

La solidaridad es un deber y un derecho de todos y cada uno; pero no es solamente eso. Si abordamos esta noción solamente en términos de deberes y derechos, ignoramos al corazón y la vivimos de una manera exclusivamente cerebral. En esa perspectiva, la solidaridad se organiza como un “servicio”, en el sentido administrativo de la palabra, y es practicada en un contexto de formalidades reglamentarias.

La solidaridad, a la luz de una comunidad iniciática, no aparece solamente bajo el aspecto de un derecho y un deber; sino que resulta algo totalmente natural. Eso quiere decir que su esencia es, simplemente, el Amor. En esta perspectiva la administración y sus normas permiten una adecuada gestión sin convertirse en una férula. Dicho de otro modo: la función de solidaridad se cumple de acuerdo con unas normas necesarias; pero no se desentiende de un problema tan pronto este no se encuentre previsto en el reglamento. Cuando la solidaridad se plantea como un elemento natural, ello hace que se tome en cuenta a la vez lo espiritual y lo material: cuando se recibe pan de la mano de un amigo, se está recibiendo mucho más que un poco de alimento. Ese pan no es solamente pan; también es la manifestación de una presencia amiga y reconforta el corazón a la vez que el estómago.

El Francmasón familiarizado con el pensamiento simbólico sabe bien lo anterior y conoce las correspondencias entre el “soma” y la “psiquis”. Por ello es necesario conferirle a la función de hospitalía una dimensión de orden espiritual que los usos y los reglamentos tienden a minimizar.

Al escribir estas líneas estoy pensando en una desgracia que pudo ser evitada: érase una vez una Logia como tantas otras… Un hermano de dicha Logia no había regresado más y había dejado de llamar a presentar excusas. Luego de un cierto número de ausencias, la Cámara de Maestros le envió al Hermano una carta por recomendado conminándolo a ponerse al día con el tesoro del Taller y a asistir regularmente a todas las tenidas, so pena de exclusión. Antes de enviar la carta, nadie fue a ver al Hermano.

El Venerable se había limitado a preguntar en Logia si alguien tenía noticias suyas y, como nadie dio una respuesta afirmativa, se envió el recomendado.

Resulta que el Hermano en cuestión tenía tendencia depresiva. Debido a una cascada de contrariedades de todo tipo que había tenido que enfrentar había entrado en barrena afectiva y se había replegado dentro de su “caparazón”. Su ausencia en realidad era un llamado de atención que nadie había comprendido. Su comportamiento era normal desde el punto de vista psicológico; pero incumplido y condenable desde el punto de vista del reglamento.

Luego de recibir el recomendado, el hermano se suicidó y, siguiendo la antigua costumbre, se hizo una cadena de unión alrededor de su tumba.

El Hospitalario debe estar en permanente relación con el tesorero. Este último debe informarle al hospitalario acerca de todos sus problemas de cobro. En una comunidad de seres humanos normales, el rigor de las sanciones debe estar reservado para los miembros cuya mala fe e indiferencia ya no suscitan dudas en nadie.

En una comunidad que pretende ser “iniciática” y fraternal, en la cual cada uno se siente responsable del deber de recibir y de transmitir una enseñanza cuyo propósito es el de despertar y estimular la consciencia y de mejorar la especie humana, hay que ir tan lejos como sea posible y, en todo caso, más lejos de lo que se llega en el mundo profano, en la vía del amor y de la comprensión.

Con el Hospitalario sucede entonces exactamente lo mismo que con todos los demás oficiales de la Logia: cada uno es el más importante… Si logramos vivenciar profundamente esta afirmación, que es tan razonable como ilógica, tendremos posibilidades de éxito en el proyecto iniciático.

Acerca de La Piedra Bruta

La Piedra Bruta en sí es aquella que es recogida directamente de la tierra, por lo que de modo natural, cada una posee las formas más diversas fruto de la acción de las fuerzas de la Naturaleza. En general, se puede decir que una piedra bruta, al no tener una forma definida, al estar llena de impurezas e imperfecciones, no tiene un propósito definido, por lo que su utilidad es mínima. No obstante, contiene en sí toda la potencialidad de una obra de arte, la potencialidad de la trascendencia. Es por ello que se escogen determinadas piedras brutas para la construcción, por la potencialidad que se ve en ellas.
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