La Moral Masónica


Hay una Moral Masónica, como hay una Moral cristiana, una moral judía, una moral mahometana, una moral espiritista y otras muchas morales de carácter religioso. Todas ellas tienen puntos en común que son básicos, coincidentes a un mismo fin, que tienden al perfeccionamiento espiritual del hombre, diferenciándose exclusivamente a medida que se van confundiendo con las costumbres; y algunas tratan de divinizarse de acuerdo con sus Credos en lugar de darnos o enseñarnos un camino real, honesto y humano que encauce nuestras vidas como lo hace ciertamente la masonería. Generalmente se pierden desde los primeros pasos en el laberinto de las creencias que cada, religión impone a sus creyentes y como todos no creemos en lo mismo se hace ambigua, cuando la Moral debe ser una, real y positiva para toda la humanidad. Entiéndase bien que una cosa es moral cómo medio de vivir honestamente, aplicable a todos los pueblos y otra las costumbres que puede y debe tener cada pueblo. En esto se diferencia la Moral Masónica de todas las morales conocidas. Aparte de creer en un Ser Supremo, como base de unidad Universal, todas nuestras prédicas en este sentido van directas al individuo, tratando de modificar en unos casos y fortalecer en otros sus sentimientos humanistas, y sus deberes para con la, familia, para con el prójimo y para consigo mismo. Por eso vamos a ver seguidamente como están contenidos estos preceptos en nuestro Código de Moral Masónica cuya observancia es obligatoria para todo masón y debe ser el norte y guía de su conducta ciudadana, honrando así a la Institución a la que pertenece, para su felicidad y para su bien. El Código Moral Masónico nos dirá, con gran sabiduría, nuestras líneas de conducta en todos los caminos de la vida.

“Ama al Gran Arquitecto del Universo”

Es la base de nuestra Moral como primer artículo de nuestro Código. La creencia en un Ser Supremo es imprescindible para mantener la Unidad espiritual, que habrá de conducirnos al estudio y comprensión de otros deberes importantísimos que la práctica de la Masonería habrá de enseñarnos y exigirnos. Se ha dicho y se ha repetido, que si Dios o G.A. D.U. no existiera, habría que crearlo. Esto es unir a los hombres en una idea que no daña a nadie y los acerca en la Unidad. Por medio de ella podemos- trabajar en Paz y Concordia los que practicamos distintas religiones y comulgamos con distintos credos políticos. No nos fuerzan, a definirlo y mucho menos a divinizarlo para no perturbar nuestras mentes; que cada uno lo interprete a su manera, siempre que, lo respete y ame como fuerza superior que nos rige.

“Ama a tu prójimo como a ti mismo”

Es la segunda cláusula el Código Moral Masónico. Fíjense ustedes que el legislador moral puso seguidamente “ama a tu prójimo como a ti mismo”, como queriendo decir que después del G.A.D.U. están nuestros semejantes en primer término. Es decir, que hay que amarlos, protegerlos y sacrificarse por ellos; antes de que por uno mismo. Son ellos el complemento de nuestras propias vidas. Nos precedieron y nos sucederán después que hayamos pasado al 0r:. E:., es por ello que estamos obligados a protegerlos en todas las contingencias de la vida, hasta donde nuestras fuerzas alcancen. Forma este capítulo, indiscutiblemente, otra base importante de nuestra moral masónica si sabemos practicarlo en toda su intensidad, dándonos una gran tranquilidad de alma.

 “Haz el bien y deja hablar a los hombres”

Hacer el bien. ¡Qué bien suena, esa palabra! ¡Cómo nos llena el alma de regocijo, cuando la escuchamos de labios ajenos calificando nuestros actos o podemos apreciarla nosotros mismos al calificar los de los demás! ¡Hacer el bien por el bien mismo sublime concreción de nuestra doctrina masónica! Llevadla grabada siempre en vuestras mentes y registradla en lo más recóndito de vuestro corazón. Todo un tratado de moral masónica está contenida en ella misma.

Dejad hablar a los hombres es la segunda parte de este precepto magnífico. ¡Cuántas discusiones, cuántas tragedias, cuánto dolor evitaríamos a la humanidad si los hombres dejáramos hablar a los hombres! Cerrar el paso a la razón o sin razón de los demás, es el primer paso en el camino de la desesperación; lo mismo de un hombre que de un pueblo, de una nación que del Universo. Es preciso hablar para entenderse, es preciso entenderse para no odiarse. Pégame, pero escúchame, dijo el filósofo. En toda ocasión deja hablar a los hombres y estarás cumpliendo con uno de tus sagrados deberes morales.

“Ama a los buenos, compadece a los débiles, huye de los malvados, más no odies a nadie”

Esta máxima de moral masónica se explica por sí misma y no necesitamos de un gran esfuerzo para hacerla comprender. Pero sí debemos aclarar que al inducirnos a amar a los buenos quiere decir que nos unamos a ellos, que los incorporemos a nuestra brigada de hombres buenos y de buenas costumbres para hacer el bien a la humanidad. Compadece a los débiles, quiere decir ayúdales, dales ánimos, fortalece su carácter. Hazles fuertes si puedes. Este es tu deber y no dejarlos que se ahoguen en su debilidad moral. De los malvados no debe de huirse, deben aislarse si no pueden o no quieren regenerarse. Y por último nos aconseja este precepto, que no odiemos a nadie. Sublime y cordial consejo. Cuando aprendemos a no odiar a nadie, estamos entrando por el camino de la mayor felicidad del hombre. Practíquenlo y verán qué tranquilidad de conciencia experimentan.

“Habla respetuosamente a los Grandes, prudentemente a tus Iguales, sinceramente a tus Amigos y con ternura a los Pobres”

También este precepto es comprensivo por si mismo y apenas necesita explicación. Solo diré que debe hablarse respetuosamente a todos, grandes y chicos, fuertes y débiles; ricos y pobres, pues todos deben merecernos respeto y consideración. Lo que se diga o la forma en que se diga, ya está en relación directa con el efecto que queremos producir. Pero manifestarnos respetuosamente en todas las ocasiones es conquistar el respeto y consideración de los demás. 

“No adules jamás a tu hermano, porque lo traicionas, y si tu hermano te adula, desconfía no te corrompas”

Esto nos pone sobre aviso del mal que producimos con la adulación y del daño que pueden hacernos los aduladores, que no deben confundirse con los amigos leales que reconocen nuestros méritos y nos señalan nuestros errores. La adulación a nuestros hermanos y amigos siempre es perjudicial, y a veces ocasiona males incalculables: no así la justa apreciación de su ejecutoria que debemos reconocerla y premiarla, por lo menos con nuestra admiración.

 “Escucha siempre la voz de tu conciencia”

Parece ser complementario del anterior precepto, es decir, nuestra conciencia es la que debe determinar el grado de admiración que debemos dedicar a las acciones de nuestros hermanos. También ella debe ser juez de nuestra conducta, y nunca debemos realizar una cosa que nuestra conciencia nos rechace, si queremos estar tranquilos y en paz con nosotros mismos.

“Sé el padre de los pobres, cada suspiro que tu dureza les arranque, será una maldición que caerá sobre tu cabeza”

La miseria es una de las plagas más temibles y más frecuentes de la humanidad; ya que miseria y pobreza son palabras sinónimas. Debemos en primer término tratar de desterrarlas socialmente, pero mientras tanto, socorramos al pobre de acuerdo con muestras posibilidades; levantemos su espíritu y démosle facilidades para recuperarse: una palabra de aliento, un estrechón de manos y un bocado de comida, pueden ser la salvación de un alma abatida. Tú y yo lo podemos hacer, vamos a hacerlo, querido hermano. 

“Respeta al extranjero y al viajero, porque su posición los hace sagrados para tí”

Los inmigrantes son un ejemplo viviente de la magnitud de la moral masónica que hay en este precepto humanísimo. De ello debe sentirse orgullosa la Institución. ¡Cuántos comieron, durmieron y se encauzaron en la vida, gracias al esfuerzo y cooperación de nuestros hermanos! Así hay que proceder siempre, sin preguntarles de dónde vienen ni a dónde van. Son extranjeros o viajeros, prestémosles nuestra ayuda incondicional hasta donde alcancen nuestras fuerzas, y estaremos cumpliendo moral y materialmente con la Orden.

 “Evita las disputas y los insultos poniendo la razón de por medio”

Este es más un ejemplo de fuerza mental que un precepto de moralidad masónica. Es a nuestra mente a la que tenemos que educarla de no producir querellas ni lanzar insultos sin ton ni son. Posiblemente sea esta debilidad humana la que más perjuicios nos acarrea, tanto en nuestras tenidas como en nuestras relaciones profanas. Una mente fuerte y educada en el buen decir, difícilmente se exalta y menos profiere frases insultantes que luego es difícil recoger y menos explicar. Primero meditemos bien el alcance de lo que vamos a decir, y si no quisiéramos que nos lo dijeran a nosotros no debemos decirlo. Esta es una buena regla para no equivocarse. Todos llevamos dentro un bruto y que la ciencia del hombre sensato consiste en no dejarlo salir por nuestra boca, para mantener la cordialidad entre los hombres. El motivo litúrgico de tener que pedir la palabra en logia; y mantenerse al orden mientras se habla, es por que esa posición nos inspira respeto, impide que nuestras manos accionen y el bruto no se atreva a salir. Las disputas y los insultos deben ser desterrados del vocabulario de todo masón consciente y cumplidor de sus deberes. 

“Respeta a las mujeres, jamás abuses de su debilidad y muere antes que deshonrarlas”

Además del “bruto” que ya conocemos, hay otra bruto sexual dentro de nosotros, tan difícil de refrenar o más que el del impulso a la agresión a al insulto. Y no obstante debemos reprimirlo y sujetarlo a las reglas de conducta que nos señala, la sociedad y nos indica nuestra conciencia si queremos oírla. Si pensáramos en nuestras madres, hermanas y esposas, muchas tragedias podríamos evitar sin que por eso dejáramos de satisfacer nuestros deseos de hombres. Ni con el pétalo de una rosa, quería el Apóstol herir a la mujer. Claro que se refería a la mujer honrada y honesta. Así debes respetarla tú. 

“Si el Gran Arquitecto del Universo te da un hijo, dále gracias, pero tiembla por el depósito que te confía porque de aquí en adelante tú serás para ese niño, la imagen de la Divinidad. Haz que hasta los 10 años te tema, hasta los 20 te ame y hasta la muerte, te respete; hasta los 10 sé su maestro, hasta los 20 su padre, y hasta la muerte su amigo.”

¿Qué podremos decir para glosar este precepto paterno que lo encierra todo? Los que tenemos hijos y lo hemos observado al pie de la letra; aunque ellos no hayan correspondido en todo a nuestros esfuerzos, nos sentimos satisfechos como padres. Hemos cuidado de su niñez y, de su educación, de la salud de su cuerpo y de su alma; los hemos protegido en la adolescencia y nunca hemos dejado de ser sus amigos más íntimos. Lo demás es el destino el que manda y no nosotros. 

Los padres, como lo hicimos nosotros, deben leer y releer este sabio consejo, que noblemente nos da la Institución, y obsérvalo lo mejor posible. Al llegar a abuelos se sentirán satisfechos de haber sido padres observadores de éstas enseñanzas.

 “Enseña a tus hijos buenos principios, antes que bellas maneras, que te deban una doctrina esclarecida mejor que una frívola elegancia, que sean hombres honrados mejor que hombres hábiles”

Bien está la enseñanza de buenos principios, es básico para todo ser humano. Con buenos principios se puede cruzar el camino de la vida sin grandes tropiezos morales ni materiales, pero es muy útil también practicar las buenas maneras, una cosa, no excluye la otra. Una mente limpia de fanatismo y que sepa analizar las verdades del mundo sin perturbaciones religiosas ni de otra clase, es una buena recomendación que debemos aprovechar al encauzar por la vida a nuestros hijos. Es aconsejable producir hijos honrados y hábiles. Hábiles de laborar, no de escamotear: Laboriosos y útiles y desde luego honrados, sin cuya condición ningún hombre es completamente hombre, ya que cada mácula deshonrosa le irá quitando un pedacito hasta dejarlo en un ente despreciable. 

“Lee y aprovecha, ve e imita, lo bueno, reflexiona, y trabaja y que todo redunde en beneficio de tus hermanos para tu propia utilidad.“

La recomendación no puede ser más eficaz y más provechosa. El que lee y asimila lo leído, progresa, y mejora su condición personal. Saber el porqué de las cosas no es materia fácil al engañó ni al error. Por algo los gobiernos demócratas y progresistas se preocupan tanto de que el pueblo aprenda a leer. Es para ilustrarlo, para que conozca por sí mismo sus derechos y sus deberes de ciudadano y se instruya en los adelantos de su profesión u oficio. El masón, en general, teniendo la dicha de saber leer, lee poco y asimila menos; por eso hay tantos analfabetos masónicamente hablando. Unos pocos en cada logia se preocupan de adquirir algún libro masónico, y algunas veces de leerlo, ni siquiera revistas o folletos que lo irían documentando masónicamente. Parece que les hace daño la letra, de molde o que pierden su tiempo cuando se instruyen de algo que es tan útil en la vida, como son las doctrinas masónicas y los postulados de esta Orden, tan vieja y tan sabia, que toda ella es un tratado de una mejor manera de vivir. Leamos más, para saber más y entendernos mejor, por último, nos recomienda este párrafo, de nuestro Código Moral, qué trabajemos en beneficio de nuestros hermanos: para nuestra propia utilidad. Y aunque parezca paradoja, es cierto. Casi siempre lo que hacemos en beneficio de los demás, al final resulta en nuestro propio beneficio, bien de crédito, bien de consideración o bien de afecto que es una moneda valiosa en el curso de la vida.

“Sé siempre contento para todo, con todo y dé todo”

A primera vista parece que nos esta recordando la conformidad del simple, pero no es así, Quiere que lo estemos con el honor que conquistamos, con el trabajo que hacemos, con la vida que llevamos, con el trato de nuestros hermanos, con el pago que recibimos; pero a condición de que debemos merecerlo por nuestro esfuerzo y por nuestro comportamiento. De esta manera debemos hacer las cosas contentos y esperar con alegría el resultado de nuestra noble labor. 

“Jamás juzgues ligeramente las acciones de los hombres, perdónalos o condénalos, el Gran Arquitecto del Universo es el Único que puede valorizar sus obras”

Hemos llegado al último de los preceptos que contiene el Código Moral Masónico que venimos desglosando a nuestro buen entender y saber, sin que esto sea definitivo, pues cada hermano debe leerlos y estudiarlos por si mismo, y podá sacar muchas conclusiones más de las que aquí dejamos expresadas, ya que el tiempo nos obliga a la síntesis.

Vayamos sobre el capitulo que nos queda y que nos recomienda que nunca juzguemos las acciones de los hombres ligeramente, ni para condenarlos ni para absolverlos, ya que podemos caer en el error; y tan malo es castigar a un inocente como absolver a un criminal, si llevamos a este plano las acciones buenas o malas, que su Yo intimo, le obliga u ordena realizar. Es el G:.A:.D:.U:. y su conciencia, los que deben juzgar su obra. Son los delitos de otra naturaleza en los cuales sí debemos intervenir los hombres para aplicarle la justicia humana, en la que debe imperar siempre la benevolencia y hasta el perdón cuando sea aconsejable. 

Terminaremos este trabajo pidiéndoles benevolencia a los hermanos por los errores de apreciación en que hayamos podido caer en el curso de esta simple exposición, teniendo en cuenta nuestra buena fe y mejor voluntad al realizarla, finalizando con un simple precepto:

El Código Moral Masónico, es nuestra guía, en la adversidad o en la opulencia, pues los principios que celosamente encierra, nos harán hombres de carácter, ya que los hombres sin carácter son rostros sin fisonomía. Puesto que es el carácter moral de las personas lo que distingue a una alma de otra.

Bibliografía:

http://www.scg33esp.org/actualidad/descarga/moral.PDF

Acerca de La Piedra Bruta

La Piedra Bruta en sí es aquella que es recogida directamente de la tierra, por lo que de modo natural, cada una posee las formas más diversas fruto de la acción de las fuerzas de la Naturaleza. En general, se puede decir que una piedra bruta, al no tener una forma definida, al estar llena de impurezas e imperfecciones, no tiene un propósito definido, por lo que su utilidad es mínima. No obstante, contiene en sí toda la potencialidad de una obra de arte, la potencialidad de la trascendencia. Es por ello que se escogen determinadas piedras brutas para la construcción, por la potencialidad que se ve en ellas.
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